miércoles, 25 de noviembre de 2009

Mujer de lujo



No había un porqué definido. Cada noche, a la misma hora, se enfundaba en su uniforme: Ropa sexy, ajustada, escasa, de colores vivos como rojo, negro o blanco; pasión, lujuria, sexo. A las nueve cuarenta y cinco estaba frente aquel bar donde cada noche ofrecía el amplio surtido de besos y caricias que reservaba para el mejor postor.

Una mirada callada, una sonrisa perversa, las manos de un hombre -quizá de cuarenta, quizá de cincuenta- sobre su cintura. Un precio, una oferta, susurrada en su oído. Un sí velado entre el humo del tabaco y se va con ese hombre -quizá casado, quizá maricón en busca de consuelo-.

Un motel de mala muerte, en una calle escondida. Una habitación con una cama matrimonial, vieja, desgastada, ruidosa; sábanas de algodón limpias. La ropa caída de cualquier manera, en cualquier lugar. Besos alcoholizados: copas de 'champangne'. Caricias que tocan más allá de lo moral y él la voltea, con rudeza, desgarra su interior sin piedad, dejando sangre, sudor, sémen y escozor. Un bufido y se desploma sobre ella.

Un minuto, una hora, quién sabe cuánto tiempo pasa. Él se levanta, se lava con una toalla húmeda, se viste. Deja quinientos euros en la mesita y se larga. Pasa el tiempo. Ella llora, hecha un ovillo sobre las sábanas. Cuando ya no quedan lágrimas se levanta, se lava hasta que su piel enrojece y escuece. Se viste, coje el dinero y se va.

Qué más quisiera ella que a su casa, pero va de vuelta a aquel bar. Aquel lugar donde las mujeres de lujo van a parar.

Aquel lugar donde el amor... es sólo un precio, una alta cantidad.

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