jueves, 26 de noviembre de 2009

Que tu piel me cura


Y le diremos al tiempo que espere un momento,
que tu risa acaricie mi boca,
la que me da mi sustento,
para no volverme loca.

Y le dirás al viento
que te traiga conmigo, y a solas
contarte en secreto todo lo que siento,
que sin ti, las horas, no tienen sentido.

Y le dirás a la nube, que en el cielo flota,
que no mire, que no envidie,
todo lo que te entrego, ahora,
y lo que te daré, siempre.

Y yo, a ti, amor, vida, locura,
te diré en medio de la noche
(Susurrando, sin presura)
todo lo que tu piel me cura
llenando con tu derroche
mi piel oscura.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Mujer de lujo



No había un porqué definido. Cada noche, a la misma hora, se enfundaba en su uniforme: Ropa sexy, ajustada, escasa, de colores vivos como rojo, negro o blanco; pasión, lujuria, sexo. A las nueve cuarenta y cinco estaba frente aquel bar donde cada noche ofrecía el amplio surtido de besos y caricias que reservaba para el mejor postor.

Una mirada callada, una sonrisa perversa, las manos de un hombre -quizá de cuarenta, quizá de cincuenta- sobre su cintura. Un precio, una oferta, susurrada en su oído. Un sí velado entre el humo del tabaco y se va con ese hombre -quizá casado, quizá maricón en busca de consuelo-.

Un motel de mala muerte, en una calle escondida. Una habitación con una cama matrimonial, vieja, desgastada, ruidosa; sábanas de algodón limpias. La ropa caída de cualquier manera, en cualquier lugar. Besos alcoholizados: copas de 'champangne'. Caricias que tocan más allá de lo moral y él la voltea, con rudeza, desgarra su interior sin piedad, dejando sangre, sudor, sémen y escozor. Un bufido y se desploma sobre ella.

Un minuto, una hora, quién sabe cuánto tiempo pasa. Él se levanta, se lava con una toalla húmeda, se viste. Deja quinientos euros en la mesita y se larga. Pasa el tiempo. Ella llora, hecha un ovillo sobre las sábanas. Cuando ya no quedan lágrimas se levanta, se lava hasta que su piel enrojece y escuece. Se viste, coje el dinero y se va.

Qué más quisiera ella que a su casa, pero va de vuelta a aquel bar. Aquel lugar donde las mujeres de lujo van a parar.

Aquel lugar donde el amor... es sólo un precio, una alta cantidad.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Grita en la oscuridad

Crees estar despierta. Ya no lo sabes.

Estás de pié, andando sin descanso, por una carretera sin nada a los lados, sin fin. Caminas sóla, deseando correr, pero una presión inexplicable inunda tu pecho al pensarlo. Necesitas un empujón, una ayuda, alguien. Pero sigues sóla, de pié, caminando.

Tus deseos, tus ilusiones, te rodean, caminan contigo, sin tocarte. Tú no las ves, no las quieres ver, les ignoras. Sólo caminas, sin descanso. Haciendo caso omiso de tus esperanzas.

Esperas ver señales que indiquen qué camino seguir. Pero no hay ninguna. En ese lugar, las señales sólo se dejan ver si las quieres ver. Y tú ya no sabes lo que quieres.

Casi puedes imaginar el final de esa carretera. Y chocas. No hay nada. Momento. Silencio. Lo intentas de nuevo pero sigues sin poder atravesar eso que se interpone entre lo que sabes, es la felicidad, y tú. Y lo intentas de mil maneras, pero nada. Eso que no ves no se va.

Y caes, y lloras, y gritas en silencio, pides ayuda. Esperas. Como siempre. Y como siempre nadie acude a tu encuentro. Y te duermes.

Cuando te despiertas no estás sóla. Hay mucha gente conocida a tu alrededor, hay señales. No hay nada que te impida seguir. Al principio no lo notas, pero algo ha cambiado: Ya no sientes, ya no quieres, ya no deseas. No eres tú, eres él, ella, nosotros, vosotros, ellos. No tú. No tu yo. Tus ilusiones y sueños, tus señales, quedaron detrás del mundo.

Y vives sin vivir, y esperas sin esperar, que tu fin llegue.

Siendo lo que todos quieren que seas.